El San Petersburgo de 1901

Desde la década de 1860, el atrasado Imperio Ruso se desplazaba lentamente desde el absolutismo feudal hacia el capitalismo, bajo el régimen de la autocracia zarista. Sin embargo, aunque estos cambios habían liberalizado las estructuras sociales, económicas y culturales, el sistema político que les daba cabida permaneció prácticamente inalterado. Los distintos intentos de reformar dicho sistema fueron duramente rechazados por la monarquía y la burocracia, lo que trajo consigo una sensación de frustración que desembocó en distintas rebeliones.
En las últimas décadas del siglo XIX, Rusia
empezó a entrar en la Revolución Industrial. Esta industrialización originó un incremento
de las diferencias entre la clase patronal y la clase asalariada. Los obreros de las fábricas se
hallaban en las mismas malas condiciones que los obreros de Inglaterra o
Francia y su número aumentó en gran
medida, pero había un
rasgo distintivo del proletariado ruso: la
industria rusa estaba muy concentrada, la
mitad de los obreros rusos estaban
empleados en
fábricas en las que trabajaban más de 500 personas lo que facilitó su organización económica y las movilizaciones políticas. La crisis económica internacional
propiciada por la superproducción y el subconsumo, sufrida entre 1901 y
1903 tendrá especial virulencia en un país ruralizado y atrasado como
el ruso. La crisis
servirá de acicate para la toma de conciencia de la injusticia de las
desigualdades económicas, sociales y jurídicas existentes en Rusia.

Los campesinos, libres de sus antiguos señores desde 1861, vivían en sus comunas aldeanas o mirs, gobernadas por los zemstvos o asambleas locales, muy presionados económicamente por los impuestos y a causa de sus primitivos métodos de cultivo. La única solución que encontraban para solucionar su situación estaba en la exigencia de más tierras (que estaban muy desigualmente repartidas). Por ello, constituyeron una tradicional fuente de inquietud revolucionaria.
La intelligentsia aspiraba al derrocamiento del zarismo. No se trataba de un grupo homogéneo sino de distintos grupos con ideario propio. En su mayoría, estos intelectuales revolucionarios aprobaban el terrorismo y el asesinato como moralmente necesarios en un país autocrático. Tenían una fe mística en el inmenso poder del campesinado ruso. En 1901 fundarían el Partido Social Revolucionario.
Otro grupo revolucionario importante eran los marxistas, que en 1898 fundaron el Partido Social Demócrata Ruso. Éstos veían la revolución como un movimiento internacional. Pensaban que Rusia debía desarrollar el capitalismo, un proletariado industrial y la forma moderna de la lucha de clases, y consideraban al proletariado urbano como la clase auténticamente revolucionaria.
El incesante afán de colonias y mercados en un mundo ya casi totalmente repartido conduce a guerras imperialistas internacionales para la redistribución de las colonias, así como a la intensificación de luchas nacionales de las colonias por su independencia. Unas y otras facilitan nuevas oportunidades revolucionarias al proletariado. Lenin desarrolló la idea de Marx de la función del partido. Éste era una organización en la que los intelectuales proporcionaban la dirección y la comprensión a los obreros.Esquema sobre el pensamiento político de Lenin LA REVOLUCIÓN DE 1905

La casi simultánea fundación, a principios de siglo, de los partidos Democrático Constitucional, Social Revolucionario y Social Demócrata era un claro signo de descontento. Al propio tiempo, a partir de 1900, hubo signos de creciente inquietud popular. Los campesinos invadían las tierras de la clase media e incluso se alzaban en insurrecciones locales contra los terratenientes y los recaudadores de impuestos. Los obreros de las fábricas, esporádicamente, convocaban huelgas y se negaban a trabajar. El gobierno, mientras tanto, se negaba a hacer concesiones de ningún tipo. El zar Nicolás II era un hombre de miras estrechas, que consideraba antirrusas todas las ideas que cuestionasen la autocracia de la gran Rusia.El ministro Plehve, y los círculos de la Corte esperaban que una guerra corta y victoriosa contra el Japón crearía una mayor adhesión al gobierno. Pero la guerra fue un fracaso para Rusia, y hubo un sentimiento general de que el gobierno, torpe, obstinado e incapaz, había revelado su incompetencia al mundo entero.
La policía había autorizado a un sacerdote, el Padre Gapon, a que actuase entre los obreros fabriles de San Petersburgo y a que los organizase, esperando contrarrestar así la propaganda de los revolucionarios. El Padre Gapon tomó completamente en serio las reivindicaciones de los obreros. Estos creían que, sólo con que pudieran llegar al zar, éste escucharía sus quejas y corregiría los males que aquejaban a Rusia. Redactaron una solicitud pidiendo una jornada de 8 horas, un salario mínimo diario de un rublo, la destitución de los políticos incapaces, y una Asamblea Constituyente elegida democráticamente para introducir un gobierno representativo en el imperio. Pacífica y respetuosa, una multitud de casi 200.000 personas se reunió ante el Palacio de Invierno del zar, el domingo 9 de enero de 1905. Pero el zar había huido, y los oficiales se asustaron. Las tropas avanzaron y dispararon contra los manifestantes, matando a varios centenares.
El Domingo Sangriento de San Petersburgo acabó con el lazo moral sobre el que descansa todo gobierno estable. Los obreros vieron que el zar no era su amigo. Se produjo una oleada de huelgas políticas. Los socialdemócratas surgieron de la clandestinidad o del destierro para dar una dirección revolucionaria a aquellos movimientos. Se formaron consejos o soviets de trabajadores en Moscú y San Petersburgo. Los campesinos comenzaron a levantarse espontáneamente, invadiendo las tierras y ejerciendo la violencia contra sus propietarios. Todos los partidos estaban de acuerdo en que debía haber más representación democrática en el gobierno.
El zar accedió de mala gana y concedió lo menos posible. Accedió a convocar una especie de Estados Generales, pero la revolución seguía extendiéndose. El Soviet de Obreros de San Petersburgo declaró una gran huelga general. Con el país paralizado, el zar lanzó el día 17 su «Manifiesto de Octubre» , en el que prometía una constitución, libertades civiles, sufragio universal y la elección de una Duma (asamblea representativa) como órgano legislativo. Con este manifiesto, el zar y sus consejeros consiguieron dividir a la oposición. Mientras los intelectuales excitaban a continuar la revolución, liberales y demócratas aceptaban el manifiesto. El gobierno logró mantenerse; las autoridades detuvieron a los miembros del Soviet de San Petersburgo, y se hizo la paz con Japón. Los dirigentes revolucionarios se exiliaron, o volvieron a la clandestinidad, fueron detenidos y enviados a la cárcel o a Siberia.
El más importante resultado de la Revolución de 1905 fue el de convertir a Rusia, al menos aparentemente, en una especie de estado parlamentario. Pero la nueva Duma fue reformada, apenas tenía poderes, y en la práctica el zarismo no permitía ningún tipo de participación del pueblo en el gobierno.
Algunos funcionarios creían que el modo de acabar con los revolucionarios y de fortalecer el poder de la monarquía consistía en que el gobierno atrajese el apoyo del pueblo razonable y moderado mediante un programa de reformas. Uno de estos funcionarios fue Piotr Stolypin, primer ministro desde 1906 a 1911. Este trató de llevar a cabo un amplio programa de reformas, pero en 1911 caería asesinado. Esto desató una campaña de persecución de terroristas que conllevó el ajusticiamiento de más de mil personas (la soga de la horca recibió el sobrenombre de «corbata de Stolypin»).
Así pues, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, en una Europa en la que convivían otros grandes imperios (Alemania, Austria- Hungría, Turquía...), Rusia seguía desarrollándose. Sus industrias crecían, sus ferrocarriles se extendían y aunque no tenía un gobierno parlamentario, tenía un parlamento. Pero este desarrollo estaba amenazado por la derecha, por obstinados reaccionarios que defendían el zarismo absoluto, y por la izquierda, por revolucionarios a quienes nada podía satisfacer, excepto el fin del zarismo y la total transformación de la sociedad rusa. Así que, aunque el país seguía inalterado en la práctica (el zar tenía el poder político absoluto y la riqueza y la propiedad de la tierra seguían en manos de la nobleza), sí existía una idea de que la situación tendría que cambiar tarde o temprano ya que el número de desfavorecidos era amplio y diverso.

La guerra ruso-japonesa fue un conflicto corto pero decisivo para ambos
contendientes. Para Rusia supuso un terremoto que precipitó profundos
cambios que comenzarían con la Revolución de 1905 y para Japón un hito
en el impulso de su expansionismo asiático.